Etiquetados en los engendros alimentarios

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Me suelen decir con frecuencia que alimentarse bien es muy difícil. Que hay que tener unos grandes conocimientos técnicos y que sin el grado de química, es prácticamente imposible interpretar los etiquetados.

No voy a negar lo evidente. La industria, en connivencia con las autoridades sanitarias, ha diseñado un infumable sistema informativo en los alimentos, cuya descodificación solo está al alcance de unos pocos.

Ahora bien, no creo que esos pocos valientes e intrépidos consumidores lo sean porque dispongan de una formación técnica. Más bien se trata de ciudadanos con las ideas muy claras, a los que no les asusta adentrarse en un mundo desconocido cuando de la salud se trata.

Pero no es necesario afrontar la complejidad de los etiquetados alimentarios en un solo día. Se trata de un camino de largo recorrido que requiere de paciencia y constancia. Como en todas las carreras de obstáculos, lo primero es dar el primer paso y lo segundo, preocuparse por saltar la primera valla. El resto de vallas vendrá después. Todo a su tiempo. Zamora no se ganó en una hora.

Para simplificar las cosas, ten en cuenta que cualquier consumidor se enfrenta a 3 decisiones básicas y escalonadas cuando confecciona su cesta de la compra.

  1. Decidir entre alimentos predominantemente frescos o alimentos procesados y ultraprocesados
  2. Decidir entre alimentos predominantemente vegetales o animales
  3. Decidir entre alimentos predominantemente ecológicos o convencionales

Interpretar los etiquetados alimentarios no es necesario si no consumes alimentos procesados ni ultraprocesados

Una dieta tendería a la excelencia, cuando esa cadena de decisiones sigue la siguiente secuencia: alimentos (predominantemente) frescos + vegetales + ecológicos.

¿A que no es tan complicado? A veces la enorme oferta de productos comestibles (que no alimentos) nos nubla la mente, haciendo que la compra parezca una tarea extremadamente compleja. Pues no, las decisiones básicas son muy simples.

Fíjate que la primera de estas decisiones elimina de un plumazo el espectro de productos más perjudiciales para la salud: los productos comestibles procesados y ultraprocesados. Dentro de este grupo se incluyen lo que podríamos denominar engendros alimentarios: cócteles de sustancias sintéticas, muchas de ellas nocivas para la salud, en los que a duras penas podemos encontrar algún elemento que nos recuerde aquello de que los alimentos vienen del campo.

Todos los “alimentos” procesados y ultraprocesados son prescindibles, si bien evitar los engendros alimentarios debe ser nuestra máxima prioridad. Porque en una dieta saludable, tiene más peso eliminar los productos nocivos, que intentar compensar con la inclusión de algunos alimentos saludables.

Dicho de otro modo: es mucho más eficaz desde un punto de vista nutricional y sanitario eliminar de la dieta lo malo, que incluir de forma esporádica algo bueno. Un rosco de chocolate no se compensa con un plátano, ni un perrito caliente con un plato de lentejas. El cuerpo no funciona así. Sin embargo, la eliminación de alimentos oxidantes, ricos en grasas, azúcares añadidos y sal permite al organismo trabajar en condiciones óptimas.

etiquetadosCreo firmemente que los engendros alimentarios deberían estar terminantemente prohibidos. Llegados este punto, es necesario que uno se plantee las siguientes preguntas:

  • ¿De verdad es necesario añadir 25 aditivos alimentarios a un bocadillo de carne?
  • ¿Cuántos ingredientes debería contener un bocata de carne aparte del pan y la carne?
  • ¿Qué mundo es éste en el que los recursos se destinan a crear frankesteins alimentarios para las sociedades ricas, en lugar de alimentar a los más necesitados?
  • ¿Acaso no estamos asistiendo a una burbuja alimentaria de laboratorio, cuyo estallido supondrá una epidemia de salud pública sin precedentes?
  • O, ¿crees que el vertiginoso ascenso de las cifras de cáncer y de enfermedades raras es una casualidad del destino?

¿Es sostenible una sociedad que come de todo y mucho?

Es indecente que los sabores a los que se están acostumbrando los paladares adolescentes occidentales, tengan su origen en sustancias químicas de laboratorio. Es inmoral que estos monstruos sintéticos estén al alcance de cualquiera y en cualquier momento. Es inexplicable que los jóvenes no sean educados suficientemente para eludir bajo cualquier circunstancia estas bazofias. Y sobre todo, es demencial que las autoridades sanitarias no establezcan cortafuegos serios para que cualquier basura que no cumpla unos mínimos razonables para ser llamada alimento, se cuele en las estanterías de los centros de compra.

Fuente: https://elpais.com/elpais/2018/03/13/ciencia/1520978036_075468.html

Es nuestra responsabilidad como padres y madres, boicotear las porquerías alimentarias, eliminándolas por completo de alacenas y neveras. No se puede tolerar ni un minuto más la naturalidad con la que estos productos llenan los expendedores de institutos, universidades y hospitales. Ni un minuto más…

Autor: José Liétor. 

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