Carne, poder y testosterona

1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (1 votos, media: 5,00 sobre 5)
Cargando…

Históricamente comer carne ha sido considerado un símbolo de estatus social, poder, fuerza y masculinidad.

En la antigüedad, las carnes rojas eran todo un lujo. Por eso, dado que la Cuaresma cristiana significa austeridad, abstinencia y ayuno, consumir estas carnes durante este periodo comenzó a ser considerado un símbolo de ostentación y un pecado. Con el mismo dinero se podía alimentar a la familia con otros alimentos y dar el sobrante a las personas necesitadas. No obstante, los fieles que tuvieran la necesidad irrefrenable o el antojo de comer carne, podían hacerlo con el perdón de Dios gracias a la bula de la Santa Cruzada, un impuesto eclesiástico consistente en dar una limosna a la Iglesia a cambio de obtener el privilegio de disfrutar de unas normas de ayuno mucho más laxas.

En la época victoriana se confería propiedades afrodisíacas a la carne animal. Es por eso que se desaconsejaba a las mujeres que comieran la grasa de la carne para evitar que creciera su libido sexual.

En el escalafón más bajo del sistema de castas de la India se encuentran los llamados «impuros», que solo pueden acceder al consumo de la carne más barata (cerdo y búfalo) y que poseen un karma negativo que ha marcado su reencarnación como “dalits” (intocables). Las personas que nacen dalit mueren con esa misma condición; viven en una situación de extrema pobreza condenados a realizar labores como la recogida manual de heces.

La idea de las antiguas élites aztecas de que comer la carne de otros humanos permitía absorber su fuerza divina resultaría inconcebible en la actualidad, por tratarse el canibalismo de una práctica culturalmente inaceptable. Pero lo cierto es que la mayoría de los consumidores siguen asociando el consumo de carne con la fortaleza física y pensando que la ingesta de proteína animal es primordial para mantener una vida activa.

Carne
Fuente: Pixabay

La carne se considera un elemento central en la dieta de quienes practican fitness y deportes de musculación. Todos tenemos un conocido habitual de los gimnasios que se atiborra de carne de pollo para acelerar la formación de masa muscular. Deberíamos recordarle que se puede llegar a ser el hombre más fuerte del mundo sin consumir ni un gramo de carne.

Se puede llegar a ser el hombre más fuerte del mundo sin comer carne.

La periodista polaco-canadiense Marta Zaraska afirma en su libro “Enganchados a la carne” que el consumo de carne no para de aumentar: un 8% en Norteamérica, un 5% en Europa y hasta un 56% en Asia. Y eso a pesar de que los perjuicios sanitarios y ambientales de consumir carne han sido ampliamente constatados.

Parece que los mitos cocinados por la industria alimentaria durante décadas se han instalado con tal fuerza en nuestra sociedad que han llegado a tener mucho más peso que la evidencia científica. ¿Cómo lo han hecho? Veamos un ejemplo.

Si hay un país amante de la dieta carnívora, ese es Argentina, no solo porque sus ciudadanos consuman una media de más de 100 kilogramos al año, sino también porque la ganadería constituye una pieza clave de su economía, con unas exportaciones en 2019 de más de tres millones de toneladas.

A pesar de este escenario, la prensa argentina lleva tiempo advirtiendo que el consumo de carne en el país parece desplomarse. Suficiente como para que la maquinaria del lobby argentino de la carne comience a trabajar. El Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina (IPCVA) es uno de los miembros destacados de este lobby. ¿Se imaginan ustedes un “Instituto de Promoción de la lechuga o del brócoli?

¿De qué manera se puede animar a la población a recuperar las cifras de consumo de carne per cápita? ¿Qué les parece si unimos en una misma noticia deporte y carne de vaca? Dicho y hecho. He aquí el titular “Por qué los deportistas deben comer carne vacuna” (ENLACE a la noticia). El escueto texto aparece ilustrado por una imagen de la selección argentina de voleibol.

Carne
Fuente: Pixabay

Asociar, en un país que vive los colores de su selección con semejante pasión, el consumo de carne con la salud es una estrategia claramente sensacionalista; podría incluso catalogarse de amarillismo periodístico.

En el cuerpo de la noticia se afirma sin ningún reparo y sin referencia a publicación científica, web o documento oficial alguno que “…los nutricionistas que asesoran a los deportistas de distintas disciplinas, aconsejan ingerir carne vacuna tres o cuatro veces por semana con el fin de alcanzar en máximo rendimiento en la competencia”.

En España, AECOSAN aconseja ceñirse a las recomendaciones de la OMS en lo referente al consumo moderado de carne (toda vez que el consumo de carne roja ha sido clasificado por dicha organización como probablemente carcinógeno para humanos y el consumo de carne procesada, como carcinógeno para humanos). Eso representaría unos 500 gramos semanales de carne roja, es decir, no más de dos ingestas semanales (y poco o nada de carne procesada).

Que una organización recomiende saltarse las recomendaciones científicas sobre la ingesta de carne, con fines económicos, debería ser sancionado.

El resto del texto se dedica a recopilar las moléculas y nutrientes que acompañan a la sacrosanta carne de vaca argentina; en general, una lección de manipulación nutricional en toda regla. Para no aburrir al lector, solo destacaré dos de esos componentes.

Por un lado, la coenzima Q10 es producida naturalmente por nuestro organismo. No es necesario ingerirla con la dieta. De hecho, la cantidad presente en carnes, pescados o cereales integrales no es suficiente para aumentar, de manera significativa, los niveles orgánicos de coenzima Q10.

Por otro lado, el “hierro de fácil absorción” es, junto con el calcio, el más socorrido de los mitos asociados a la necesidad imperiosa de incluir la carne en nuestra dieta. Pero lo cierto es que podemos tener buenos niveles de hierro aunque no tomemos alimentos de origen animal.

Los mensajes sobre nutrición y salud deben evitar los tecnicismos y la complejidad para ser digeribles por el gran público. Pero la excesiva simplificación de dichos mensajes contribuye a la creación de mitos y leyendas que, lejos de generar reflexión, se instalan como verdades. Si además, ponemos al servicio de la industria las instituciones públicas, los medios de comunicación y las técnicas de marketing más agresivas, construimos dogmas de fe inquebrantables.

Autor: José Liétor.

Artículo anteriorCurso de teledetección con SNAP, Google Earth Engine, QGIS y LEOWorks
Artículo siguienteAclaraciones sobre el margen de Tolerancia Técnica en Catastro
José Liétor Gallego
Doctor en Biología y especialista en educación ambiental y consumo responsable. Es autor del manual de referencia «Colección de dinámicas de grupo sobre educación ambiental y consumo responsable». Ha colaborado con todas las administraciones públicas educativas y ambientales de su comunidad mediante la realización de talleres, conferencias, seminarios y cursos relacionados con la educación ambiental, el consumo responsable y la alimentación saludable. Su vida representa una lucha constante por concienciar a la sociedad sobre la necesidad de sustituir el modelo capitalista por otro en el que las personas y el medio ambiente sean la prioridad. En ese sentido ha sido columnista de prensa y guiado un programa de radio, ambos dedicados al consumo responsable. Está especialmente interesado en apoyar la labor de todos aquellos docentes y padres que están convencidos de que un cambio progresivo de modelo es necesario, pero que carecen de las herramientas didácticas para influir en la conciencia de sus alumnos y familiares.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here